Amanece entro a la planta, me cruzo con el señor que barre. Nos saludamos “Buen día, ¿qué tal? Pregunto. “Bien, ¿y Ud? Contesta. Y aquí las primeras mentiras del día. No me cae bien este señor y no me interesa en absoluto saber cómo le va en la vida y menos aun desearle un buen día!.
No es una mentira en el sentido estricto, no hay fraude, no hay engaño, creo que son herramientas de convivencia. Lo dijo Wilde: “quien dijo la primer mentira fundó la sociedad civil”.
Ocultar la verdad debe ser una práctica cotidiana. Lo queramos o no. Pese a la condena moral, es un hecho incuestionable. Lo necesitamos para vivir. Es imprescindible. Siempre hay un elemento de ficción cuando contamos la realidad a alguien. La mentira, de alguna manera, es un refugio y un lubricante de las relaciones humanas.
Siento que el mundo es una gran mentira y que mentimos todos aunque fuere un poco. Y desde este lugar cómodo en principio de la mentira encontramos cientos de razones para seguir mintiendo.
Entonces tenemos mentiras familiares:
Mi mamá le miente a mi viejo muchas veces para evitar el terrible momento que generan los reproches y objeciones de mi padre cuando hay algo que no le gusta, en realidad muchas veces me pregunto si hay algo que le guste (pero este es otro tema)
Mi padre le miente a mi vieja cuando le dice que no le importa que esté en actividades sociales de ayuda a la comunidad, cuando en realidad sólo la quiere para él a solas, y solos siempre en un mundo que no sabe bien si es agradable, pero que siente seguro por lo conocido.
Mi suegra miente para mantener estable un mundo de fantasía donde todos son buenos y lindos, nadie discute, todos son bondadosos y nobles y a ella la quieren más que a nadie porque es más buena que todos, ergo esto es lo que se merece.
Yo muchas veces oculto mis dudas, verdaderas opiniones, sentimientos a mi marido para que no entremos en eternas discusiones circulares que conducen a la nada o lo que es peor al vacío.
Miento en mi trabajo para zafar, eludir responsabilidades, para que me quiera mi jefe (y este es otro asunto, mi jefe), para mantener mi imagen de mujer inteligente, miento sin piedad!
Mi marido no miente! Eso lo afirma con decisión, creo que a veces no vivimos en la misma realidad, y probablemente no mienta, simplemente describa un mundo que para mi sólo existe en su cabeza.
Rodrigo me oculta o miente o cambia un poco la realidad para que no le encargue tareas, para que no lo reprenda, para no sé, quizás a veces me mienta tan sólo para divertirse.
Santiago me miente para corroborar que puede hacerlo y no lo descubro. Y lo mejor de todo es que enuncia sus elocuencia detrás de un “a vos vieja no te puedo mentir!”.
También hay mentiras colectivas, como las noticias de los diarios, las revistas, la radio o la televisión que la mayoría de las veces responden a intereses espurios.
Leemos mentiras históricas en muchos libros porque lamentablemente nadie puede ser objetivo contando un hecho del pasado con absoluta fidelidad, porque no puede evitar agregarle datos de su propia experiencia o ideología.
Y por supuesto hay muchas mentiras políticas que todos hemos podido comprobar después de las elecciones. Ahora en Argentina tenemos una mentira flagrante con el adelanto de elecciones cuyo motivo rector es bajar el tiempo de la desgastante contienda preelectoral que el país por culpa del efecto Jazz no podría resistir. Mientras que todos sabemos que el señor K quiere que le llenen las urnas antes de que la crisis nos vacíe los bolsillos.
Vivimos en una sociedad mentirosa donde todos nos manejamos con tacto, que en última instancia significa mentir.
¿Por qué no decimos la verdad? Se miente para eludir responsabilidades, para obtener cierto placer, ya que el mentiroso se siente más listo que los demás; por inseguridad y desconfianza en nuestra capacidad de ser aceptados como somos; para evitar un castigo; para acercarnos a nuestro interlocutor; para sentir que controlamos la situación. Desde un punto de vista fisiológico, correr cierto riesgo de ser descubierto favorece la aparición de adrenalina.
Creo que muchas veces es falta de autoconfianza, “queremos gustar”, necesitamos mantener una imagen de nosotros mismos que encaje con la que a los otros gustaría que tuviésemos.
Particularmente creo que para mentir se precisa inteligencia, de entrada, supone el conocimiento de la verdad. Luego, la mentira tiene una estructura compleja, teatral. Uno debe entender las expectativas de quien escucha, entrar en la mente del engañado. El que miente no sólo es un expositor de hechos, sino un creador. Nietzsche sostenía que el intelecto, como medio de conservación del individuo, despliega sus fuerzas en la ficción.
Fisiológicamente es un esfuerzo, se ha demostrado que el cerebro siempre está listo para decir la verdad y que para mentir precisa organizarse. Nuestra materia gris tiene que hacer un trabajo extra cuando va a engañar: se activan zonas del córtex frontal.
Hay veces en que no decir la verdad no sólo no está mal visto, sino que es aconsejable. Algunas mentiras preservan nuestra intimidad, del dolor, e incluso de la muerte. Son las mentiras piadosas. En ciertas circunstancias, fuera del ámbito ético, la mentira tiene que valorarse en lo que es útil y ventajoso para la vida. Por ejemplo, cuando se oculta a una persona a punto de morir una trágica noticia. Es emblemático Roberto Benigni en la película La vida es bella: miente a su hijo pequeño sobre la realidad del campo de concentración al contarle que se trata de un juego. En estos casos la persona no está en condiciones de decir la verdad, que resultaría insoportable de escuchar para el otro.
Y por supuesto, mentimos por amor. Como canta Joaquin Sabina: “Y así fue como aprendí que en historias de dos conviene a veces mentir, que ciertos engaños son narcóticos contra el mal de amor”.
Claro que la mentira tiene un efecto colateral, siempre. Las relaciones personales empiezan a envenenarse. En particular, cuando se miente compulsivamente. Comienza un trastorno de ansiedad. Cuantas más mentiras, más ansias, ya se miente por hábito, la mentira termina siendo una droga.. Para mentir tanto y que no se note hay que hacer lo mismo que un actor que representa un personaje y quiere resultar creíble, hasta el punto de confundirse y se olvida de quién es realmente. El mentiroso acaba creyéndose sus delirios. Como el Valmont de Amistades peligrosas, que de tanto fingir estar enamorado, se enamora de verdad.
Y como dice el Dr. G. House, “Todos mentimos”. Esta es la pura verdad.
viernes, 27 de marzo de 2009
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